3.2.16

IFFR: Martes de búsqueda

Cinco películas en un día son maravillosas pero difíciles de repetir. Desde ayer, algo me decía que el martes no sería tan pleno. Comienzo últimamente los días como quien abre un cuaderno en blanco para escribir: con un cierto pánico y una enorme emoción de no saber cómo terminarán.

Tuve una de esas mañanas de hacer cosas en casa, en pijama, hasta que ves a la vecina muy bien arreglada con visitas en su jardín. Lo de vivir en casas con grandes ventanales es lo que tiene - subir, ducharse,y seguir en el trabajo hasta que llega la hora de la primera... no, la segunda película que quería ver. Me distraje y perdí una de Ripstein, que anda por ahí. Intuí anoche mirando la programación que quizá sería mi día de México. Algo relacionado a las raíces. Después de todo, es día de la Candelaria (y de mi Martha querida).

Con un tamal en el estómago me fui a ver Yo (Matías Meyer, México, 2015). Sólo duraba 80 minutos y tenía muy buenas perspectivas: basada en un cuento de Le Clèzio, con un actor principal muy mencionado y muchos, muchos apoyos internacionales a la producción. Hay cosas en las que está muy bien: vi México, con sus restaurantes de carretera, con sus pollos frescos (que me parece más plausible que se maten como muestran aquí que como mostraba Babel), con su gente trabajadora a pesar de los pesares. Pero luego me hizo pensar en esta cosa loca que hay de mostrar a México siempre de una cierta manera: tengo que reconocer que me alivió no ver al narco por ningún lado, pero sí a la violencia, al maltrato, a la sospecha. Iba buscando demasiadas cosas en la película y encontré algunas sí, pero no se convirtió en mi favorita.

Me iba a casa - otra vez con lo mismo - pero en quince minutos más empezaba en el mismo cine algo que se llamaba Notes on Blindness (Peter Middleton, James Spinney; Reino Unido/Francia, 2016) y que no me puedo quitar de la cabeza. La película tenía un storyboard sonoro antes de comenzar: está basada en las grabaciones que hizo el teólogo y escritor John Hull para explicarse a sí mismo su ceguera. Los directores decidieron recrear las cosas que describe, con actores y un despliegue de imágenes exquisitas. No quiero olvidarme nunca, por ejemplo, de la escena en la que describen (y muestran) las bondades de la lluvia como traductora de la imagen. No estaba aquí, pero la película se acompaña de una experiencia de realidad virtual a fin de entender cómo los sonidos nos traen imágenes.

Mis dos películas del día hablaban de vivir diferente - de literalmente ver el mundo de otra manera que algunos llamarían limitado. En la pausa de la tarde, antes de llegar a casa, paseé por el centro pensando en lo que nos limita a los que no tenemos limitación física "oficial" - cómo a veces descuidamos el cuerpo y la mente también.

Después de la cena, quería todavía ver otra película. Le dije a aquel que si quería acompañarme, pero quería trabajar un rato más. Mis opciones eran una película mexicana y otra sueca: "Ve por la sueca. Con las mexicanas siempre eres más crítica", me dijo. La sueca resultó una película de coming of age (una más), bordada alrededor de la identidad sexual pero con un contexto de magia-ficción. Girls Lost (Alexandra-Therese Keining, Suecia/Finlandia, 2015) está basada en un libro juvenil que ha tenido muy buena recepción y me parecía, durante un rato, que era perfecta candidata para un remake americano. Podía imaginarme las hordas asistiendo a una película donde las chicas maltratadas de clase pasan por un cambio de sexo mágico... pero luego pensé que es demasiado postpostmo. Todo. El planteamiento y la forma en la que la directora no quiere que quieras a los personajes: quiere que los veas, así de complejos como son. Y eso, me temo, no es muy hollywoodesco.

Me senté a escribir esto bordeando la media noche - la disciplina no es lo mío en estos días, pero hay que buscarla. Buscarla como se busca el sentido de los sueños, de nuestra ceguera (a veces tan imperceptible), de nuestros cambios que no siempre logramos entender. Creo que antes iba al cine a escaparme un poco: ahora, cada película que veo, me regresa mejor digerido un pedacito de lo que me preocupa en general. No deja de ser una actividad lúdica, pero a veces uno necesita explicarse las cosas desde la ficción para entenderlas mejor.

2.2.16

IFFR - De domingo a lunes: de estar aquí, de ser mujer

Los caminos de la adaptación son insondables: hoy, mientras caminaba luchando contra el viento, recordé que cuando me fui a vivir a la ciudad de México fue cuando aprendí que sola o acompañada, las salas de cine me hacen sentir en casa. Ese lugar oscuro, esa especie de útero, donde podía descansar de todas mis ansías clavando mis ojos en la pantalla y mis esperanzas en las de los personajes. Ahí, en la oscuridad, me sentía acompañada: por el abrazo aterciopelado de las butacas, por el sonido surround, por quienes se tomaban el tiempo para ir conmigo al cine o por los que, como yo, iban solos y se sentían aún así, parte de algo.

Hoy comenzó una vida diferente en Rotterdam. Después de casi dos meses de visitas, una mudanza aún inconclusa, una graduación y un cumpleaños, ayer que les dijimos adiós a los compadres y a B, me dí cuenta que esto comenzaba, de nuevo. Que afuera había unas ráfagas de viento imposibles y también un festival de cine esperándome. A mi la idea de que una docena de las salas me queden a diez minutos caminando me mata de la emoción. Pero bueno... una persona sin trabajo y con cosas que escribir no puede comprar boletos así como así... pero puede aprovechar el 50% del lastminute.

La cosa es así: el IFFR- Festival Internacional de Cine de Rotterdam cumple 45 años y tiene programadas una cantidad tremenda de pelis buenísimas. Uno puede ser parte del festival y tener una identificación - o puede aprovecharse de que 40 minutos antes de cualquier función, si hay boletos disponibles, los rebajan al 50%. Y así, se pueden ver más pelis. Decidí entonces, dejarme hacer la programación por los boletos baratos disponibles en películas que pueda entender*.

La primera película la vi en domingo y la pagué completa: A Woman, A Part (Elisabeth Subrin, USA, 2016), sobre una actriz en sus cuarenta que duda sobre si quiere continuar actuando y se enfrenta de paso a algunos errores del pasado por acción o por omisión. La encontré fantástica y angustiante: a mi también me desconcierta que me llamen señora. A mi también me pasa que no sé si puedo seguir haciendo lo que he hecho toda la vida (i.e. escribir) pero cuando me pongo me doy cuenta que me es casi tan fácil como respirar. Yo también quiero encontrar el punto de quiebre.

El tema femenino se quedó conmigo el lunes: nos despertamos tempranísimo para hablar con el pintor sobre cosas que aún quedan pendientes y después me quedé yo recogiendo aún restos de las visitas - lavando sábanas, doblando camas inflables, guardando los medicamentos que me dejó mi mamá, organizando armarios. Hay mucho que hacer en la casa - y a ratos no quiero hacerlo o me siento rara por estar haciéndolo en lugar de dedicarme a cosas importantes. Pero era mediodía cuando sentí que podía irme al cine, corriendo, a ver una película que se llamaba Paradise (Sina Ataeian Dena, Alemania/Irán, 2015). Filmada en Irán sin permiso, la descripción era que trataba de los problemas que enfrentan las mujeres en el país. La película me gustaba visualmente: me recordaba una vez más lo mucho que se parecen algunas partes de México a esos países que no conozco. Pero por más que lo intentaba me fue imposible relacionarme con el personaje principal cuya cara de aburrimiento absoluto pudo conmigo.

Al terminar, salí corriendo porque había visto que en otro cine cercano daban Las Lindas (Argentina, 2016), otra ópera prima pero esta vez de una argentina, Marisa Liebenthal. También ahí se discutían los permisos: de los papás para salir, para vestirse de alguna manera, de los amigos para proyectar los vídeos que hemos hecho de ellos durante el tiempo. Pensé en las veces que he querido escribir algo y me he detenido a pensar qué pensarían las personas que se reconocerían vagamenteonotanto en mis textos. Es una peli jovencita, un poco cruda, pero me gustó - como el sabor de un mango verde, que podría ser mejor pero es sabroso tal cual está.

Otra vez salir corriendo para "hacer las compras" y mirar entonces que está por comenzar el estreno de una adaptación de Jane Austen en otro cine. Y hacer de tripas corazón e ir hacia el teatro más bonito de la ciudad para ver la première europea de Love & Friendship (Whit Stillman, Irlanda/Francia/Países Bajos, 2016) quizá una de las películas más divertidas que he visto, una versión sensacional de Austen. Stillman, nerviosísimo, contó al final de la película que estaba feliz con la recepción a la película y confesó que durante la proyección de la última peli presentada en el IFFR (The Last Days of Disco) estaba tan angustiado porque mucha gente se salía del teatro que se rompió un dedo de la mano. Y sobre la película y las mujeres - Austen: siempre logrando que el amor triunfe, por sobre todos (o bien gracias a todos) los idiotas.

Fin del día - supuestamente. Fui hacia casa a comer algo que no fueran nueces y agua de botella pero, en el camino, descubrí que había una película gratis más tarde y otra que también me interesaba y tenía su última función. Abrí sesión nocturna con Waiting for B. (Abigail Spindel, Paulo Cesar Toledo, Brasil, 2015), una preciosidad de documental sobre los chicos y chicas que acamparon durante dos meses afuera del Morumbí en Sao Paulo para ver a Beyoncé actuar en primera fila. Creo que sin quererlo - o por lo menos el director no fue muy agraciado para describir su trabajo - es un alegato casi impecable en honor a la importancia de la música y los íconos pop en la creación de la identidad y la lucha contra las convenciones sociales.

Un poco de Q&A más tarde, cruzar la plaza principal - a pesar del viento, gracias a la luz - para ver otra peli en exactamente la misma sala que comencé hoy. Arianna (Italia, 2015), de Carlo Lavagna, que trata un tema que a mi siempre me ha fascinado: la intersexualidad. Una chica romana descubre en un verano que en realidad no siempre ha sido chica. Es una mezcla fantástica de película estival y coming of age que podría ubicarse en cualquier lugar y cualquier momento... con las ventajas de unas vistas espectaculares de la Toscana y un exótico guiño a la música mexicana (17 años de los Ángeles Azules). Hablé con el director para comentarle eso y me dijo que estará en el FICG de Guadalajara con todo y Arianna.

Aunque no me encantó la escena final, me gusta el final abierto que Lavagna le dio a su personaje: la posibilidad de entender y quedarse con un poco de todo. No sé si mañana la cosecha de cine dé para todo lo que dio hoy - pero hoy me dio para algo muy importante: volver a escribir aunque sea un poquito. Y eso, en si mismo, se siente como una coming of age movie.

Todo en el confort de una sala de cine.

* La primera vez que vine al IFFR compramos boletos sin fijarnos en el idioma... y vi un montón de películas subtituladas al holandés habladas en idiomas que comprendo aún menos. Es un buen ejercicio, pero no para esta vez.

8.1.16

Viernes - II

Hoy apenas recordé mi tradicional countdown a mi cumpleaños. No pienso en otra cosa. La tesis, tan formal, tan impresa, tan completa, me mira. Tengo que presentarla el martes y no se me ocurre cómo. No sé si ser formal. Si contarla como si fuera una historia. No sé si me faltara o me sobrará tiempo. No sé si escribir un alejandrino y recitarlo.

Mientras tanto, Barcelona está esplendorosa - en una falsa primavera, los amaneceres y anocheceres son hermosos. Vuelvo a mi ciudad y no sé si soy una turista ya que casi me he mudado o si en realidad seré turista en cualquier otro lugar del mundo.

Enciendo la televisión como quien enciende una compañía. Pero ahí está la presentación. Y aquí está el blog de los viernes y el suelo helado y el cambio climático en la televisión y la cama que me llama y todo lo que tengo que escribir. Y aquí seguimos.

2.1.16

Viernes Primero

Exactamente un año atrás, decidí que lo que era casa ya no lo sería: que había terminado un ciclo en la ciudad que había elegido como hogar y era momento de moverme hacia otro sitio. Me costó un año. Una mudanza de un año en la que - como en todas las mudanzas se han perdido muchas cosas, se han roto otras, no he terminado de desempacar. Sé que en unas semanas/meses/años me encontraré algo que no sabía donde estaba: sé también que el delicado equilibrio que había antes de esta decisión no volverá nunca

Entre las cosas que perdí estuvo un poco el hábito de escribir en este blog. De dejarme notas para reconocerme y para que otros me reconozcan ahora y en el futuro. En las últimas dos semanas, que hemos estado mudándonos a una casa que es de los dos, juntos, me he dado cuenta que no fue el blog: fue toda mi vida digital. Dejé de "estar" en las redes sociales, en mi teléfono, en mis puntos de contacto con el resto de la humanidad. Y no porque no exista y no viva - en realidad, porque estaba tan viviendo que no tenía tiempo para otras cosas.

Ayer llegaron mis padres a visitarme en Holanda. Hace "calor" para un invierno holandés y dentro de casa, con la chimenea, tenemos casi 24 grados. Anoche recibimos el año a la orilla del río, entre gritos en holandés y un conteo entre el viento. Cenamos algo que era tan holandés que aún hoy mi padre habla de ello: verduras olvidadas, mariscos, sopa de calabaza, mousse de clementina... Las verduras olvidadas son productos principalmente invernales, tubérculos, que hace años que la gente dejó de comer - quizá porque llegaron otras más apetitosas, "quizá porque a nadie le gustaban antes de que se volvieran hipsters", dice G. Era un placer ver a mis padres descubrir con asombro sus platos - era un placer abrazarlos después de tanto tiempo.

Porque hay cosas que, a pesar de las mudanzas, no se pierden. Los abrazos, los amores de la familia, las promesas de prosperidad, la compañía. Me faltó - como nunca antes - mi pedazo de familia que se fue para siempre este año. Y miré cómo mi padre miraba con tristeza mi duelo por ese otro que también había fungido de padre - cómo me acompañaba en mi dolor.

Es Viernes Primero y también el Primer Viernes del Año que Vivo Aquí. Quizá no haya mucho que contar pero hay que tener un orden. Y los viernes siempre son un día bueno para comenzar.

11.12.15

De un vuelo hacia un continente que no has visto nunca

El vuelo aterrizó en el aeropuerto de Addis Abeba (Addis, como dicen incluso los capitanes de Ethiopian) poco después de las seis de la mañana. No fue tan largo - seis horas desde Frankfurt - pero se sintió largo. Media docena de bebés se estuvieron turnando durante la noche para llorar y a veces, con suerte, lo hacían a coro para mortificación de los padres y desespero de los otros viajeros.

A mi lado viajaba A, un etíope que me dio su tarjeta de presentación. Me contó su vida entera en los diez minutos que me quité los auriculares para hablar sobre mi cena con la azafata. Había sido técnico de telecomunicaciones cuando joven y lo habían mandado a estudiar a Alemania, donde se quedó trabajando durante un par de décadas. Y hace un par de años decidió hacer su propio negocio y ahora viaja cada dos meses a Etiopía, a ver a su gente, y a vender coches usados y piezas automotrices. "Tuve que aprender un poco más... pero bueno, finalmente era otra cuestión técnica". Insistía en brindar conmigo y con el chico que tenía al otro lado - en la ventana, cada vez que se servía un vaso nuevo de agua. Y después, se quedó dormido - lo que hace viajar frecuentemente.

Yo desperté de una siesta con la sensación del descenso. El viaje había sido relativamente tranquilo, sin tomar en cuenta los bebés. Acomodé mi asiento, mi cinturón y volví a cerrar los ojos cuando la luz de cabina disminuyó. Con esa luz, era más claro lo que hacía el pasajero frente a mi, al otro lado del pasillo. Era un chico que hablaba italiano, vestido con traje, que había hecho también cosas "de viajero frecuente": no tomar la cena, ponerse calcetines y un cubre-ojos, encaramarse de una forma extraña y dormir, casi de inmediato. Cuando despertó, durante el descenso, estuvo jugando con su teléfono. Y mis ojos se quedaron en su pantalla - y vi cómo borraba varias fotos de mujeres desnudas, pantallazos de whatsapp y demás... Entonces entendí: estaba mirando a alguien en la sala de su casa, sin razón alguna.

"Disfruta de mi país, de mi gente...", me dijo A. antes de bajarnos y desaparecer entre la gente del aeropuerto. Hice rápido la fila para mi visa a la llegada y después del pago correspondiente, y de encontrar mi pasaporte - me mostraban la foto para ver si era la mía - salí a comprar moneda (tengo miles de birrs en mi cartera ahora) y a buscar mi transporte. La cosa es así: al aeropuerto sólo pueden entrar, por tema de seguridad, viajeros y proveedores certificados. Uno identifica su hotel, ahí lo buscan en la lista de check-ins, firma un papelito y espera a que haya suficientes personas para que lo lleven en transporte.

Cuando llegó nuestro auto (una camioneta azul un poco destartalada) tres alemanes, un holandés-palestino, un islandés y yo - suena a chiste y podría serlo - salimos siguiendo al encargado de transporte del hotel. Pasamos dos calles desiertas y dos puestos de inspección con encargados jovencísimos, vestidos en camuflaje azul, con el dedo casi listo en los disparadores de sus armas de alto poder. Afuera, gente esperando a su familia, camionetas de otros hoteles, de la ONU... Y el camino hacia el hotel en una carrera entre autos y peatones que se cruzaban sin hacer caso de las señales de tráfico.

Llegamos al hotel a las siete de la mañana: pasamos un control con arco de seguridad antes de la recepción la señorita me trató con una amabilidad extrema. "Tengo una habitación en el jardín, pero es demasiado lejos para que vayas sola en la noche. Así que te voy a poner en la torre principal, en una habitación de no fumar, aunque está un poco lejos del ascensor".  Llegué a mi habitación, en el piso seis, una especie de corner office que me permite ver más allá de los jardines perfectos del hotel, que tiene el estilo setentero-africano que de alguna manera estaba en mi cerebro: alfombras estampadas, muebles oscuros y de piel. Y lo que puedo ver más allá de las flores frescas de mi habitación son cientos de casas con techos de lámina y antenas parabólicas, caminos de tierra y construcciones con andamios de algo que parece bambú. Hay una desigualdad enorme y unas ganas imposibles de seguir, de avanzar, de mejorar. Aquí, desde mi atalaya, pienso cómo la inseguridad a veces se siente cuando lo que quieren es hacerte sentir seguro - y cómo esa sensación se repite en muchos lugares del mundo.

13.11.15

Una fotografía para volver

La agenda de los días que estaría allá se veía complicada, pero en cuanto me enteré que Dani tenía un proyecto de tomar fotos de amigos en Barcelona le mandé un mensaje. No era en lo absoluto una acción altruista: aunque me pone muy nerviosa que me tomen fotos (casi tanto como que me saquen sangre), desde el día hace casi un año que comencé a pensar en mudarme de la ciudad que es mi segunda casa pensé que no tengo ninguna (o casi ninguna) fotografía con la ciudad de fondo.
Yo... en casa...

En Barcelona fui turista lo justo: 48 horas en marzo de 2004, con fiebre y compañía extraña para recorrer la ciudad que me hizo decidir, en ese momento, que no era una ciudad que me gustara. Así y entonces sin saber que apenas un semestre después estaría aterrizando con una tremenda maleta para quedarme "nueve meses, en lo que termina el máster" y no a ser turista sino a enamorarme y ver cómo se me metía la ciudad en la piel sin darme cuenta.

Los nueve meses se me convirtieron en once años. El máster se me convirtió en dos másters, un postgrado y un doctorado. Y muchas otras cosas. Y esa ciudad, la que no me gustó, la que recorrí la primera vez bajo la bruma de una fiebre de 38 grados se convirtió en parte literalmente de mi piel.

Dani accedió a tomarme la foto en mi ex barrio. Y, de la misma manera que me pasa con las inyecciones, siempre me doy cuenta es más la manía que les tengo. Se me olvidó el miedo, bajé los hombros y sonreí y en dos clicks - literalmente - la foto estaba hecha. Nos fuimos a tomar un vino y a hablar de los fotos, de los viajes, de ir y volver. Hablamos de su proyecto y me dijo una verdad como una catedral: su reto es terminarlo - es tomar esas 100 fotografías. No quedarse a la mitad - como uno se queda a la mitad con tantos proyectos.

Vuelvo pues a mi ciudad nueva, a mi sala nueva, a mi idioma nuevo, a mi vida nueva. Y la fotografía que me regaló Dani me muestra quién soy aún, ahí: no una visitante, ni una turista - alguien que pertenece a ese paisaje. Y que lo que necesita, también, es volver a acordarse quién era y, por ejemplo, regresar a escribir.

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Para ver más fotos y saber el proyecto de Dani hay que visitar su blog:

4.10.15

Domingo, después de todo

¿Se acuerda, señor lector, que esta blogger inconstante estaba haciendo un conteo? Ella también. El problema es que ya no recuerda en qué día estaba. O qué día debería seguir. Sé que hoy es el día cinco después de entregar la tesis - y, por primera vez en meses, he estado llorando por los rincones por todo lo que pasó en este año y los anteriores.

No soy la primera ni la última: he hablado con el serbio y Miss M. hoy que están los dos en los últimos momentos antes de entregar la famosa tesis doctoral. Estamos viviendo las mismas angustias con una semana de diferencia, más o menos. Y el domingo pasado yo estaba, en el más perfecto mexicano, que me llevaba la chingada mientras veía los resultados electorales. Aunque empezaba a ver la luz todavía no me quedaba claro si llegaría o no, si se podía entregar o no, si valía la pena entregar o no. Pero la luz, en realidad, era una voz que me decía: corre, corre, entrega ya, lo que sea. Porque si te tardas más quizá no querrás entregarlo nunca.

Mientras escribo, sentada en la soledad de mi departamento, agradezco infinitamente que hoy se haya roto el mando de mi televisor y que no pueda estar cambiando incesantemente los canales, viendo las tertulias políticas, los resúmenes deportivos... Vi una película, sí. Y quizá, como era un poco agridulce (Me, Earl and the Dying Girl), fue lo que me hizo llorar. Pero en realidad era como si abriera las compuertas a todo lo que me ha hecho falta llorar estos meses.

Al otro lado del océano, están mis padres. Y me encantaría abrazarlos hoy, muy fuerte. No les llamo porque estoy llorando, y se van a preocupar, y tampoco puedo explicarles qué me pasa. Pero si quisiera explicarles a ellos que leerán esto - porque son mis lectores más fieles, a pesar de todo - qué es lo que me pasa, les podría decir que es como si se me hubiese abierto una compuerta. Como si hoy, por primera vez en meses, hubiera salido de esa coraza que me había puesto para no estar, para no sentir, lo doloroso que es esto de irse.

Porque ya me fui, me estoy yendo. Y no es que me vaya de Barcelona, sino que me voy de esa que fui aquí. Me voy más rica, llena de cosas, de experiencia, de esperanza, pero no con todo lo que quisiera irme. Hoy, sin mis padres de allá (aunque sé que siempre están aquí) y rodeada por mis hermanas y mi madre de aquí, me ha dado por contar las cosas que ya no tengo. Lo que me falta.

Me falta la tesis: me falta esa cosa en la parte de atrás de la cabeza a la que siempre podía volver cuando no quería pensar en otra cosa. Ese pretexto académicamente correcto para mandar todo lo demás al carajo.

Me falta la duda de que la persona con la que estoy, mi pareja, esté verdaderamente conmigo y se preocupa por mi. Está porque me quiere y me dirá si algo va mal, para resolverlo. Está, y no jugando un rompecabezas, ni una adivinanza. Está, está y estará, y hace un esfuerzo infinito para demostrármelo aunque yo vaya y venga, infinitamente, como una nube de esas que se ven sobre la que ahora es nuestra casa. Un botón, para muestra: esta tarde, cosa extraña, le escribí un correo de una línea: "I love u" (A mí, que no me cuesta decir cosas, a veces me cuesta decírselas a él). Y él (a quien le cuesta decir cosas, pero siempre las hace patentes) respondió: "May I save this and quote u whenever?".

Yo, que siempre digo que quiero a la gente, a él no se lo digo. Y debería decírselo. Y debería decir muchas otras cosas porque luego el tiempo se pasa, la vida se corre, la gente se muere. Mierda. La gente se muere. Y estoy triste porque me falta la tesis, me faltan mis dudas existenciales, y más porque me falta el señor V. Para pelearme con él, para no entenderlo, para cabrearme, para hacerle un antojo, para que me rete, para que no entienda mis decisiones, para que no sepa cómo comportarse cuando estoy sentada en su sala por-e-né-si-ma-vez-llo-ran-do-co-mo-mag-da-le-na porque las cosas no salen como a mi me gustaría, como yo quiero.

Cuántas tazas de té, vasos de whisky, de vino, pedazos de chocolate. Cuántos emails rabiosos de un lado y de otro. Cuántos silencios. Cuánto desconocimiento de un lado a otro. Cuánta falta me hace el sol que pasaba por entre las cortinas perpetuamente cerradas de aquella casa enfrente a donde murió atropellado Gaudí. Y así nos quedamos todos: atropellados, perdidos, olvidados, peleándonos con lo que se queda ante la ausencia de lo que realmente nos falta.

Allá, al otro lado del mar, están mis padres. Y más que nunca me da miedo que estén lejos y me da tanta alegría sentirlos tan cerca. Y rabia porque me guste estar lejos y viajar y ver y porque sé que no sé si querría volver allá - no por ellos, sino por mi y por quien soy ahora.

Somos contradictorios, pues. Y estos días, los de la Cinthya DT (después de la tesis) encuentro literalmente decenas de libretas con cosas inacabadas, de ideas, de cosas por escribir, de proyectos por hacer. Pero hasta ahora, hasta este segundo, no había podido más que escribir pequeños "estatus" en Facebook. No había podido más que comunicarme de lo justo, más que discutir sobre los procesos electorales de esta patria mía por elección porque era la manera de hablar y enrabietarse sin discutir sobre lo que realmente había adentro.

Pero adentro hay mucho. Hay como una cascada que no se calla y que, si miro a los paredes blancas de mi casa con sus 80 escalones y sus vecinos murmurantes, se proyecta ahí, como en un cine. Y quiero acordarme de tus ojos cuando estaban abiertos y cuando sonreían. Y quiero volver a que me discutas, a que me piques para que me ponga a terminar. Y hablo en segunda persona porque me niego a creer que se haya ido y a veces es la única manera de traerlo de vuelta.

Hay cosas que te hacen crecer. Perder un hijo - aunque luego esté la posibilidad de tener otros -, perder un padre - aunque haya sido uno que te había llegado sin esperarlo de adulta, de bonus, porque tienes esa suerte. De pronto, seis meses después, te sientas con un vaso con whisky y lo único que puedes hacer es llorar. Llorar de añoranza, de rabia por los desórdenes que se generan cuando la gente se muere, de desconcierto y miedo porque te estás yendo y aunque importa, ya no importa tanto, porque no eres la que eras ni él tampoco. Él ya no es más que lo que es en tu memoria.

Me considero inmensamente afortunada. De muchas fuentes. Y si a veces necesito ir algún domingo a la iglesia es porque me parece indecente no dar gracias a alguien que tiene que estar, a algo que tiene que ser más fuerte que lo que entiendo. 
Respira... profundo... y mira al fondo....
. Y parte del agradecimiento es reconocer que es uno pequeño, frágil, que se pierde. Y que lo que pierdes (o te pierde) te hace mucho más fuerte.

Estoy en casa, pero tengo muchas otras casas. He terminado la tesis pero me queda mucho más por decir al respecto. Ahora, en este momento, más que nunca, tengo ganas de seguir escribiendo. Y si escribo en este blog, sin conteo, sin orden, es porque es lo que me sirve para estar en contacto conmigo y con aquellos que me leen y a los que no puedo contarles todo esto con el orden y la claridad que quisiera (ni que pretenda que esto sea claro y ordenado... pero a fin de cuentas es una cascada...).

Aún es domingo. El primer domingo del mes en el que recuerdo el aniversario de bodas de mi padres, el cumpleaños de mi primer novio, mi primer (y trunco) matrimonio, mi primer (y trunco) embarazo, mi primer y segundo master, mi inicio de doctorado... mes en el que llegué a la ciudad que me dio un motivo para tatuármela y el mes que la dejo. Aún es domingo. Y escribo para que en años, cuando quiera ver quien era hoy, casi pueda tocarme. Para que mis padres - esos lectores inesperados y fieles - sepan que no estoy rota: estoy creciendo. Y como cuando era niña, cuando crezco, me da fiebre, lloro, me rebelo contra mi cuerpo. Pero es para bien, para mejor. Y al final, siempre seguiré siendo la misma a la que le gusta leer (o escribir) hasta dormirse.