18.5.13

Meteorología

El estado del tiempo pronosticaba lluvia pero, como suele suceder a estas alturas, ya no soportas un día más los calcetines ni los zapatos cerrados. Ni los abrigos. Ni las capas. Quieres salir a la calle vestida, razonablemente, de verano. O por lo menos de certera primavera.
Y lo haces, pensando a los cinco minutos que te has equivocado. Dudas. Metes en el bolso las gafas de sol y un paraguas. Asunto del todo terreno. No, la crema solar, no. Tampoco es para tanto.
Sales y el día, como tú, comienza a despertarse. Se despeja poco a poco con cada acción: el primer café, las primeras risas, el primer abrazo, el primer autobús, la primera caminata, el primer trámite, el segundo café. Lo ves desde el despacho: las nubes levantan. La concentración se va con ellas. Pero las nubes levantan.
Y entonces suena el teléfono y alguien te pregunta que si quieres ir a comer a la playa. Y terminas un correo, cierras el ordenador, la oficina, la biblioteca, entras al metro, cambias de línea, sales del metro, caminas unas calles y ahí, de pronto, está el mar. Y el sol. Y las nubes iluminadas por el sol.
Comes a la orilla de la arena: con gafas porque hace sol, con chaqueta porque hace viento. Sonríes. Agradeces. Respiras. Sonríes de nuevo y piensas que la meteorología es - como casi todas las cosas - un capricho que a veces juega a tu favor.

10.5.13

Valientes

Podría afirmar, sin temor a equivocarme, que no es una labor por la que a ninguna de ellas les vayan a dar una medalla con honores, ni les paguen una millonada, tampoco. Pero ahí reside su valentía, su heroísmo: se han lanzado a la batalla cotidiana, a la aventura más grande de todas, al trabajo más complicado del mundo (esto lo decía P&G) sin mayor espera, sin mayor intención. Por valientes.

Sé que seguramente hay sus excepciones. Pero yo estoy rodeada de valientes que se levantan temprano y se acuestan tarde, se han decidido a dejar sus necesidades muchas veces en segundo plano, piensan primero en otro o en otros. Siempre en otros. Esto, por supuesto, tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Pero muchas veces, la mayoría, ellas son felices.

Un regalo de no ser madre en el momento que las mujeres de tu alrededor lo son es darte cuenta de cómo son, cómo cambian, cómo - aunque parece increíble - gente que ya era maravillosa se convierte en algo infinitamente mejor. Cómo los caracteres cambian y ves, enfrente de ti, una fuerza increíble de mujeres que lucharán claras por aquello que aman, siempre.

Esperé a hoy para felicitar al día de la madre porque hoy es el día que se celebra en el país donde esta mi madre. Esa que sigue valiente: llamándome por teléfono, sabiendo que estoy lejos, queriendo estar aquí para darme un abrazo pero, valiente, aceptando mis decisiones de vida. Sin dejarme. Sin irse.

Valientes todas. Las madres biológicas, las madres adoptivas, las que cuidan a los hijos de otros (canguros, tías, amigas, hermanas). Madres, al fin. Es un placer verlas ser. Y aunque es ridículo celebrarlas una vez al año, por lo menos tomamos el hueco para hacerlo. Igualmente, yo creo que las medallas habría que entregárselas todos los días.

8.5.13

Pequeños milagros: los dedos

Lo primero que ví de ella, fueron sus rizos. Muy rubios, se confundían con los rizos más oscuros de su madre que estaba doblada para escuchar lo que le decía. Ella gritaba, con una alegría de esa que uno sólo sabe en un lenguaje que tiene una academia. Daba pequeños saltos y, todavía un poco falta de equilibrio, se detenía y se veía los dedos de los pies, mientras se los señalaba a su madre.
Llevaba unas sandalias blancas con detalles en rosa. En su carreola, estaba colgada una bolsa de una tienda de zapatos para niños ubicada a unos 15 metros. Entonces lo entendí: tenía la sorpresa de verse, quizá por primera vez en la vida, los dedos de los pies a través de las sandalias. Y los gritos y los saltitos eran de pura emoción.
"¿Qué?" le preguntaba su madre, también divertida. "¿Son chulos, no? ¿Te gustan? ¿Están cómodos?". Ella, como toda respuesta, sonreía más.

Y me contagió la sonrisa. Para el resto del día. Y ahora casi me hace reir también a mi verme los dedos a través de mis propias sandalias.

Cosas de la primavera. Y los dedos.

5.5.13

Monstruos No

Sé que en la puerta de la habitación de una niña de cuatro años que vive en esta ciudad hay un letrero que dice: "Monstruos no". Después de semanas de luchar porque la nena no podía dormir, no quería ni ir a la cama, la solución fue avisarles claramente y por escrito que a esa habitación no podían entrar. Y listo.

Alguien me lo contó hace días cuando yo a mi vez le conté cómo LPTDLC (nombre en clave de la innombrable tesis) me está ocasionando algo así como ataques de desasosiego combinados con síndrome de la página en blanco. Dado que el blog sirve parcialmente de descargo y psicoanálisis, cuento aquí entonces cómo mi habitación está llena de papelitos pegados en las paredes y amontonados en diferentes puntos: aquí teoría política, aquí internet, aquí índices externos, aquí datos de la experimentación... Enfrente de mí, justo ahora, me mira el índice. El índice que he modificado 500 veces. El índice que hoy me levanté y descubrí erroneo... le sobra un capítulo al pobre. No hay que extirpárselo, sólo convencerlo de que va en otro sitio.

Lo supe esta mañana al despertar. Porque a veces al despertar es cuando tengo la cabeza más clara. Cuando los monstruos piensa-tesis-odia-tesis-miedo-tesis se han ido. Estoy a punto de poner un post-it que diga "Monstruos No" en la tapa de mi portátil. Así, cada vez que tenga la intención de escribir tesis, escribiré tesis. Y no habrá ningún monstruo verde mirándome hacer otra cosa, por miedo - como el que está sentado justo ahora enfrente de mi limpiándose los dientes con los índices de democracia de la Unión Europea.

30.4.13

Cambios de vida

Él, como muchos otros, me abrió una ventana a su vida por las redes sociales. Por ahí de vez en cuando me asomo, me entero de lo que le pasa, de cómo le va. Nos conocimos en un momento de cambio - él había perdido su trabajo, no estaba bien en su relación y, de golpe, decidió con algunos amigos viajar a Barcelona. Yo, por mi parte, me había quedado sin compañero de piso y pensaba que quizá tener a algún turista seleccionado podía ser una buena solución. Así llegó a casa.

No nos conocíamos de nada, pero nos caímos bien. No nos conocíamos de nada, pero se sintió cómodo, muy cómodo en casa. Y ví al pasar de los días cómo mejoraba su ánimo. El último día de su estancia, me acuerdo, me pidió permiso para hacer una fiesta. Invitó a sus amigos. Me pidió velas. Se lo pasó bien, en casa.

Fue, en suma, el compañero de piso más fugaz que he tenido jamás. Pero me encantó seguir por ahí, por esa ventana, viendo cómo las cosas comenzaron a irle cada vez mejor después de ese verano.

Hoy me sorprendió (y no) ver su cara feliz junto a una mujer que ama, vestidos de boda, muy a su estilo. A ella también la conocí - el año pasado volvieron  a la ciudad y me invitaron a cenar. Me parecieron encantadores. Me encantó sentir que uno de mis compañeros de casa regresaba a verme, a un sitio donde había sido feliz.

Ahora me gusta pensar que esta ciudad, que mi casa, que en mi compañía, poco a poco las cosas comenzaron a cambiar. Lo veo sonreír y me da esperanza. Me hace sentir que comienza la primavera, que llegará el verano. Que toda esta luz que hoy nos fue negada (vaya día más gris en Barcelona) está aproximándose. Y se instalará más rápido de lo esperando, cambiando los días y, por qué no, también la vida. La de otros y, seguramente, la mía.

23.4.13

Botón

Dicen que para muestra basta un botón. Hay gente que imagina que te conoce y se imagina lo que ellos creen de tí. Hay otra gente que, de alguna manera impensable, te conoce. Incluso sin que tú lo sepas.

Este es un botón: Hace años recibí un mensaje el día de Sant Jordi que decía:
"Sé que eres de las que querrán un libro. Pero, también sé que, secretamente, tu corazón desea un rosa".

Y fue como verme en un espejo.

22.4.13

Silencio

El sábado y el domingo, guardé dos minutos de silencio por los atentados de Boston y el terremoto en Sichuan. El primero, en el Camp Nou. El segundo, en la línea de salida de carrera de Bombers en Barcelona. Había algo, sobre todo el domingo, que se parecía mucho al miedo - si a alguien más le había pasado mientras corría, por qué no a tí.

Pero así como a la gente de Sichuan su casa se le cayó encima sin esperarlo, hace 21 años a cientos de familias en Guadalajara se les abrió el suelo bajo los pies sin esperarlo, pero temiéndolo. Desde horas antes, el sector Reforma de mi ciudad natal olía a gasolina. Lo constató Alejandra Xanic, entonces reportera del diario Siglo 21 - ahora flamante ganadora del premio Pullitzer por su investigación sobre WalMart de México. Xanic fue de las pocas personas que se preocupó por hacer su trabajo cuando la gente reclamaba que olía demasiado a gasolina. Ella fue y reportó en el diario, lo reportó a las autoridades. Nadie hizo nada. Bueno, sí - le dijeron a la gente que abrieran las ventanas, que ya pasaría el olor.

Archivo de El Informador
Horas después, la ciudad se sacudió con una explosión - con una docena explosiones. Sin redes sociales, ni Twitter, ni nada, poco a poco comenzamos a escuchar la noticia de que una parte completa de nuestra ciudad había desaparecido. Ahí - donde olía a gasolina. Xanic y otros periodistas fueron a la línea de fuego, a contar lo que estaba pasando, para los que estábamos ahí y fuera. Pero las noticias llegaban lentas, con cuentagotas.

Mis recuerdos: humo - mucho humo en medio del calor sofocante de abril. Que tardamos en saber dónde estaban mi papá y mi abuelo - que no estaban en su oficina - y pasamos miedo. Que no entraban las llamadas telefónicas y por ahí de las diez de la noche hablamos con la familia en Tijuana que lloraba: los medios allá habían afirmado que había volado toda la ciudad. Que días después un médico amigo de la familia nos decía que no era posible que sólo se reportaran 150 muertos - él había visto calles abiertas con autobuses enteros adentro. Como en la foto.

La imagen gore de lo que sucedió entonces pareciera palidecer frente a los enfrentamientos del narco que últimamente protagonizan las portadas de los diarios de mi país. Pero no - porque los enfrentamientos del narco no siempre son parte de una absoluta falta de responsabilidad de los políticos que tenían que cuidar a la gente, darse cuenta que había una fuga de gasolina, que estábamos sentados sobre un polvorín.

Esos señores que se han tomado 21 años de silencio. No por respeto. Si no porque pueden no decir nada.

Los ciudadanos seguimos en silencio por los muertos. Y por la indignación. Parece que nadie siente que deba dar explicaciones. Ojalá que algún día nos acordemos de pedirlas... también en las urnas. Porque, como en la carrera de Bombers, hay algo que se parece mucho al miedo cada vez que eres consciente que estás en la misma situación - que no confías, en realidad, en lo que dicen las autoridades de tu país, de tu ciudad. Y eso también da miedo.

Más información: nota de El País de 1992, al día siguiente de las explosiones.