30.11.13

Espera

Era esa hora poco después de la medianoche en la que quedan pocos autobuses de los que vienen del aeropuerto. Hace frío y, a pesar de ello, hay dos o tres figuras que se asoman, expectantes, a las ventanas de los autobuses que se acercan. Por alguna razón - quizá por logística - no se asoman a las puertas de vidrio tintado del aeropuerto. Pero esta es la segunda bienvenida, el segundo sitio donde ver a aquellos que vienen de lejos.
Demasiado llena de música, caminé hasta ahí. Decidí camuflarme entre los que esperaban, a ver si - por arte de magia - llegaba algo para mi. Vi cómo un chico rubio abrazó a una pelirroja a la que hizo saltar por los aires. Vi cómo los turistas leían sin entender los letreros que decían que ya no había más autobuses hasta mañana a las seis de la mañana. Vi cómo una chica, en tacones, no se podía soltar de un chico recién bajado del autobús, que a su vez no quitaba la mano (o la vista) de su maleta en el suelo.
Espié, como si no conociera el fenómeno. Como si no estuviese acostumbrada a esa cabalgata de caballos que comienzan en la parte de abajo del estómago y comienzan a subir por el cuerpo y el cuello mientras intentas reconocer una maleta, una postura, una barba, un gorro, un abrigo, un olor.
Los últimos dos autobuses venían repletos de gente harta de esperar. Casi todos los que esperaban - como yo - encontraron a quien abrazar, a quien darle la bienvenida y con quien comenzar a hacer planes. Sólo una chica de abrigo marrón se quedó esperando hasta que bajó el último de los pasajeros. La ví asomarse, esperar, mandar un par de mensajes en su teléfono. La ví cómo se encogía de hombros, se daba la vuelta y comenzaba a caminar hacia las calles iluminadas de navidad. La ví, en fin, irse.
Cuando se perdió en el horizonte, caminé yo también. Al llegar a casa, seguía llena de música. Las esperas a veces se terminan de la forma menos esperada posible.

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